Me despertaba cansada todos los días.
No un cansancio normal. Un cansancio que no se iba con el sueño.
Abría los ojos en la mañana y ya quería volver a cerrarlos.
Me levantaba de la cama como si me hubieran pegado una paliza durante la noche.
Y eso era antes de hacer cualquier cosa.
Subí 15 kilos en 4 años sin cambiar lo que comía.
Se me caía el pelo a manojos cuando me duchaba.
El desagüe se tapaba. Empecé a peinarme de otra manera para disimular.
Tenía frío cuando los demás no tenían frío.
En reuniones perdía el hilo. En casa olvidaba cosas. Entraba a un cuarto y no recordaba para qué había ido.
Mi familia creía que era flojera.
Mi médico creía que eran "los años".
Yo empezaba a creerles a los dos.
Lo más frustrante era que hacía todo bien:
Tomaba mis 88mcg de Eutir0x todas las mañanas en ayunas.
Iba a los controles.
Mis exámenes siempre volvían "en rango".
Y seguía sintiéndome exactamente igual.
Gasté más de $300.000 en consultas privadas con endocrinólogos que me decían lo mismo.
"Su TSH está bien. Intente comer menos."
"Sus niveles están normales. Es el estrés."
"Está en la mejor dosis posible. Hay que tener paciencia."
Me hacían sentir que el problema era yo.
Que no me esforzaba suficiente.
Que exageraba.
Empecé a pensar que quizás así tendría que vivir el resto de mi vida.